Josué Ortiz
La victoria, polémica o no, de Enrique Peña Nieto en las elecciones presidenciales de México, misma que desató los comentarios más grotescos, revolucionarios, liberales, eufóricos entre otras cosas, me hizo pensar varias cosas y me recordó una vieja experiencia que a continuación contaré.
Hace mucho tiempo cuando jugaba futbol en mi pueblo, y tras el término de una temporada, mis conocidos y yo, decidimos formar un nuevo equipo de futbol, con base en jugadores de la colonia donde viví mi niñez, reforzados con otros buenos jugadores de diferentes puntos de la ciudad, que se identificaban con nuestro estilo de juego, además de unos chicos del “barrio” que también compartían el buen gusto por el futbol.
El resultado comenzó a dar frutos, al grado de que el equipo más fuerte e influyente de la liga del pueblo nos retó en su campo, para un encuentro “amistoso”.
Pese a contar con sus mejores jugadores, los rivales no encontraban la fórmula para burlar el cerco defensivo; en contraparte nuestra ofensiva hizo pedazos a los contrarios, al grado de que al primer tiempo nos fuimos cuatro goles arriba.
Para la parte complementaria, dejamos que los jóvenes relevaran a gran parte de los jugadores importantes; que pese a no jugar mal; el resultado fue un empate a cuatro goles.
Tras el encuentro “amistoso” se realizó la junta previa para registrar el equipo; la sorpresa fue que se nos impidió ingresar a la liga; bajo el argumento “oficial” de que habíamos tomado jugadores de otros equipos y por tanto iba a ser una liga desigual.
El rumor o más bien la verdad fue que el verdadero líder (no diré nombres) que se caracteriza por su obstinación de no saber perder, concretamente en actividades lúdicas, no le agradó la idea de tener tal nivel de competencia.
Regresando al tema electoral, estoy convencido que las triquiñuelas, lamentablemente, fueron parte de la campaña, no sólo de un solo partido, sino de todos; simplemente uno hizo más que otro para poder ganar, es decir que todos los presidenciales tenían cola y una grande que pisar, no nos hagamos (añada adjetivo peyorativo).
Así que invito a los inconformes que acepten los resultados del proceso, al cual, primero, me o nos, incitan a participar y después critican y en lugar de estar perdiendo el tiempo pónganse a trabajar, ya que estoy convencido que un verdadero cambio, como los inconformes lo manifiestan, no lo hace un viejo de lobo de mar o un niño bonito y mucho menos alguien que condiciona el cuchi cuchi, sino nosotros como pueblo, con base en nuestro trabajo, nuestra unidad, nuestra educación que da valor a nuestra calidad como mexicanos.
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